miércoles, 5 de octubre de 2016

“Las cosas de la política, la política de las cosas”

No escondo, ni quiero, el placer que me da cada domingo leer la página que bajo el título de “Patente de corso” nos regala Arturo Pérez Reverte. Y lo hago con especial interés cuando la misma se refiere a esa versión suya de la historia de España. Cuantos siglos han pasado y la fina ironía de don Arturo nos cuenta como nuestro País sigue siendo el bucle del día de la marmota. Un gran País en todos los sentidos, grande hasta en sus miserias; un lugar donde nos sacuden una y otra vez y seguimos dando las gracias, pero con sonrisa de propina.

Estos meses de gobierno en funciones, pero funcionando a pleno rendimiento y sin rendir cuentas salvo a los suyos. Ese gobierno ominoso que nos seguirá fustigando al menos cuatro meses más, sin prisa por dejarlo, pero con prisa para dejarlo todo bien atado por si cambian las tornas, que todo puede ser, aunque se atisba complicado por el avispero que se ha visto en esta ya eterna campaña y precampaña. Cada día se han de llevar más tijeras y hacer más largas las cintas inaugurales para que salgan todos en la foto oficial. Foto que no sale ni usando gran angular, pues en ella quieren aparecer: los de hace 4 meses y ahora han sido despedidos, pero cobrando dos meses más. Los que intentan repetir para volver a pillar poltrona. Los que se postulan metiendo codo. Los que estaban antaño y quieren volver. Y toda una de corte de pelotas chupa levitas haciendo de figurantes. Toda la fauna del postureo y la sonrisa de cartón piedra. Todos esos que juegan a las cosas de la política, a eso de culpar al otro, de justificarse con eso del “y tú más”, aunque cierto es, que no hay sombreros para tantas cabezas.

Porque la verdad es que ahora hará un año que empezaron las cosas de la política, esas que les preocupan a los profesionales del asunto, esas que en estos meses se ha visto que son lo importante, el juego del poder. En estos meses el parlamento podía haber legislado, se podían haber cambiado muchas cosas que el gobierno ha hecho mal o sencillamente no les ha dado la gana de hacer o cambiar. Pero hacemos cositas que vendan bien, pero nada vinculante, no sea que luego nos la tengamos que comer. Al final toca una repetición electoral, que algunos como Rajoy ya cantaban y que según ellos les conviene, pues los otros gallos llevan meses dándose espolonazos. 

Todo ello ensombrece todo lo demás. Apaga la política de las cosas, aquella que se hace para beneficiar a la gente. La política del día a día, la que necesita este País y la que se está haciendo en muchos rincones sin detenerse, sin parar a pesar de que todo se adormece por la incertidumbre. A pesar de que quienes deciden donde tienen que ir las inversiones, sigan esperando a ver dónde les interesa llevar los dineros para obtener más réditos electorales, para hacer lo que le interesa al partido, que al fin y al cabo es el que manda y el que les coloca.


Ese parón ha dejado en un segundo plano el año de Cervantes, que sigue pasando sin pena ni gloria. Aunque en su obra más universal, el Quijote, se pueden vislumbrar conceptos políticos que bien pudieran hacer suyos los nuevos aspirantes a gobernantes si algo quieren escuchar. Sabios consejos como aquellos que dio Quijote a Sancho antes de partir al gobierno de Barataria. «…No hagas muchas pragmáticas, y si las hicieres, procura que sean buenas y, sobre todo que se guarden y cumplan». Muy útil en este País donde se dicen cosas que jamás se cumplen. O aquellas donde le aconseja que no sea arrogante, que no se le suba el cargo a la cabeza y que sea prudente buscando el equilibrio y la ponderación: «…no seas siempre riguroso ni siempre blando, y escoge el medio entre los dos extremos que en esto está el punto de la discreción». Pero sobre todo han de aplicarse el cuanto y que no les ocurra nuevamente lo ya vivido y su mandato sea tan corto como el del Sancho Panza que tras solo diez días de gobierno se marcha con todo un canto a la honestidad: «… sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas. Y apártense, déjenme ir, que me voy a bizmar, que creo que tengo brumadas todas las costillas, merced a los enemigos que esta noche se han paseado sobre mí.». (Cap. XLIII Libro II) Salud.

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