miércoles, 7 de mayo de 2014

“Salud, Justicia y Dignidad”


El pasado sábado unos cientos de personas gritábamos por las calles de Villarcayo y en su plaza proclamas a favor de la Sanidad Pública y en contra de los recortes que la atención sanitaria sufrirá en el medio rural. En medio de aquella fusquia, me vino a la mente una estrofa de la canción de Mana “justicia, tierra y libertad”. En ella el grupo mejicano decía: ¿Cómo tendríamos dignidad?/Cómo desearía yo./Cómo desearía el amor./¿Cuándo tendremos la democracia?/Cuando tumbemos la burocracia/¿Cuánto desearía yo?/Menos demencia y más amor. Y de parafrasear ese título salió la cabecera y el argumento de la letanía que ahora cae en sus manos.
 
Todos deberíamos ser dignos de poder acceder en igualdad de condiciones a la sanidad y a la justicia. Si aquellos que nos gobiernan propuestos por partidos, pero elegidos por nosotros, no hacen lo posible para que la premisa anterior se cumpla o es que no sirven para gobernar o defienden otros intereses que para los que fueron elegidos. Por ello cualquier recorte o perdida de plazas de profesionales de la salud pública significa dejar de tener gente capaz al servicio de los ciudadanos y por lo tanto una merma en la atención. Cuando esto ocurre los vecinos afectados hacen suya una de las acepciones de salud: Precaverse de un daño ante la más leve amenaza.
 
El traspaso de profesionales sanitarios de las áreas rurales a las urbanas significará una reducción de la calidad asistencial, ya que los parámetros aplicados para llevar a cabo esta reorganización son más que cuestionables. La dudosa efectividad del Plan es tal, que para el cálculo se han basado en que las visitas a los consultorios de los pueblos duplican a las de las ciudades, argumento más que suficiente para que no se reduzca profesionales en el mundo rural. En cambio y sorprendentemente quitan sanitarios de los pueblos, o cuando se jubilen no vendrán nuevos, para llevarlos a la ciudad. 
 
Un ejemplo más de que tenemos “muchos jefes para pocos indios”. Así funciona este País. Cuando solo se ven y sufren recortes. Cuando se jubila o se echa a la calle a los que de verdad producen, ya el gobierno se han encargado de abaratar el despido, aparecen por todos lados y más en la administración, organigramas (que es el nombre bonito que les gusta usar) repletos de: directores, jefes, responsables, supervisores, coordinadores. Personajes habitualmente nombrados a dedo. Generalmente carentes de conocimiento o formación. Pero con una gran virtud: la fidelidad al jefe que les puso en el cargo. Lo habitual, y sobre todo cuanto más arriba se mire, es que disfruten de nóminas holgadas no acordes a estos tiempos y sus tareas las realicen los indios de capas inferiores, ya que es habitual que no sepan hacerlo. Cuanto más se aproxima el cargo al de indio, la cosa va cambiando. Sucede con bastante asiduidad que a un profesional ya saturado, le pongan un cargo y tenga que hacer las dos cosas, su trabajo y el del jefe que tiene por encima. Todo ello a base de meter más horas, no reconocidas y mucho menos pagadas, porque de cobrar se encarga el “gestor”, el que llega a media mañana y encima les cuenta lo bien que le ha ido el fin de semana. 
 
Por eso es de justicia darle a cada uno lo que le corresponde o pertenece. Es de justicia el derecho, la razón y la equidad. Por eso los que salimos a manifestarnos pedimos justicia para que se regule la igualdad o la proporción que debe haber entre las cosas, cuando se dan o cambian unas por otras. Por eso el sábado gritamos que no se quiten indios cualificados que cuidan de nuestra salud y que desaparezcan muchos de esos jefes con cuyos sueldos se podrían pagar y remediar muchas de las carencias sanitarias del medio rural. Y si existe justicia el Plan será revocado y si no es así aquellos que continúen adelante con tal desagravio no serán dignos de representarnos y gobernarnos.
 
Para acabar esta plática compararé el hacer de los vecinos libres de Las Merindades con aquel loco don Quijote que curiosamente nunca perdió la compostura, a pesar de su locura y de todas las peripecias que le llevaron a las situaciones más grotescas y humillantes. Y si su figura se nos presenta de vez en cuando algo grotesca, la culpa no la tiene él, sino esta sociedad contaminada. «… que tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados, y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco ponían en burlarse de dos tontos. ». (Cap. LXX Libro II) Salud.